Mostrando norte: brújulas para un planeta de falsas noticias

¿Qué es Internet? ¿Qué son las redes sociales? ¿Qué son...

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¿Qué es Internet? ¿Qué son las redes sociales? ¿Qué son los medios de comunicación? Por todos los institutos comenzaba haciendo las mismas preguntas y me sorprendió que todos los grupos cometían el mismo error: el enorme error de pensar que todo era lo mismo. “Están completamente desnortados”, eso fue lo que se me pasó por la cabeza. “Y estos jóvenes caminan con móviles cargados en los bolsillos, no conocen la clase de carga que detonan a cada momento.”

Os confieso, no obstante, que la primera vez que entré a un instituto con el propósito de ofrecer herramientas de alfabetización mediática a chicos y chicas de secundaria me llevé una grata sorpresa. 3º de ESO de un centro sevillano. La profesora me saluda amablemente y me comenta: “ahora les toca clase de lectura”. “¿Tienen una asignatura de lectura?”, pregunto sorprendido. “Es poco tiempo a la semana, pero algo es algo”, contesta. “Eso es genial, precisamente yo también me dedico a fomentar la lectura entre otras cosas”, le digo, “ojalá todos los centros hicieran lo mismo”. Más adelante descubrí que no era el único instituto que lo hacía, que otros, precariamente, acometían el osado desafío de tratar de llenar las mentes jóvenes con historias soñadas, nadando contracorriente por las aguas de programas educativos que dejan poco espacio a eso de los libros.

La clase nos venía como anillo al dedo. Precisamente mi cometido era el mismo, cambiando el género de texto: enseñar a leer, a comprender el mundo, solo que, en este caso con unos textos concretos, los textos periodísticos con los que contamos todos los días las cosas importantes que nos rodean.

Me presento ante la clase, que observa con un adormecido silencio matutino, y lo primero que hago es una pregunta: “¿sabéis para qué estoy aquí?”. Son poco más de las nueve de la mañana. “Para hablar de Periodismo”, contesta a los dos largos segundos un alumno. “Fantástico”, aprovecho la conexión y arranco motores, “estoy aquí para mostraros cómo funcionan los medios de comunicación y ofreceros herramientas para que no os engañen a la hora de leer noticias. Me ha comentado vuestra profesora que esta es la hora de lectura y entonces yo me he puesto contento, porque precisamente eso es lo que vamos a hacer: leer. ¿Sabéis? No sólo podemos leer libros, también leemos las películas cuando vamos al cine, o por ejemplo la ciudad cuando damos un paseo por el centro y vemos la Catedral de Sevilla… y leemos lo que pasa en el mundo a través de los medios de comunicación.” Hago una pausa. Los veo atentos y eso es buena señal, de modo que continúo: “mi propósito es que comencéis a desarrollar vuestro propio criterio, o sea, que desarrolléis el pensamiento crítico… que no os creáis todo lo que os llega por las redes sociales.”

Cuando pasas por distintos institutos y compruebas cómo participan, de un modo más o menos disperso y completamente desnortados en nociones básicas de comunicación, te das cuenta de que no podemos perder el norte y, sobre todo, de que tenemos que ofrecerles brújulas con las que sean capaces de encontrar el norte, el sur, el este y el oeste en este planeta en crisis y proceso de enormes transformaciones, mostrarles el modo como pueden leer el mundo que nos rodea. Y esas brújulas pasan por dotar al sistema educativo de una materia donde poder aprender a moverse por el complejo ecosistema de la comunicación.

Es muy fácil andar perdidos, lo difícil es lo contrario. En el mundo de las falsas noticias, la posverdad, la sobreinformación, la máquina del fango de la que nos hablaba Eco allá por 2015 con su novela sobre medios de comunicación Número cero; este mundo con inteligencia artificial y algoritmos que monitorean nuestro perfil en las redes sociales para poder manipularnos con campañas sucias que ponen o quitan gobiernos; en este ecosistema mediático donde la concentración de la propiedad de los medios de comunicación ha conformado unos pocos conglomerados que cada día deciden lo que es o no es noticia; en un mundo donde cotiza al alza el espectáculo y a la baja el pensamiento profundo, en suma, los costes sociales de ciudadanos desnortados pueden ser enormes, por ello no podemos dejar que nuestros jóvenes naveguen por las complejos espacios de la comunicación completamente ciegos.

Estoy convencido de que ha llegado el momento de tomarnos en serio, como lo hace la APS, el propósito de enseñar a leer y a pensar a los adolescentes en un tiempo de falsas noticias, evasión y espectáculo. Lo digo seguro de que nos va en ello la formación de ciudadanos y ciudadanas, de personas capaces de sostener y desarrollar, en el tiempo de las grandes transformaciones tecnocientíficas, algo aproximado a sociedades democráticas.

 

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