Los dos recreos y otras mentiras: el periodismo como antídoto

Si dijera que no me imponía plantarme ante una clase...

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Si dijera que no me imponía plantarme ante una clase repleta de adolescentes, mentiría. Esta edición ha sido mi primera experiencia como dinamizadora de ‘La Prensa en las escuelas’ y he de decir, que por circunstancias personales varias, tenía creado un arquetipo adolescente en mi mente que estaba dispuesta a desentrañar: carne de cañón de los bulos, voceros de discursos peligrosos que en muchos casos dudo que entiendan, ajenos a la lectura pero sí al día de la Isla de las Tentaciones.

Inaugurábamos la sesión con un test de actualidad, que en muchos casos provocaba una reacción que me parecía interesante: cierta vergüenza al reconocer que había preguntas básicas que no sabían responder. Entre ellas, quién era el alcalde de su propio pueblo – sin embargo, a Donald Trump no lo fallaba ni uno – o qué partidos gobiernan el país actualmente. Para mí, el reconocernos ignorantes o manipulables es el primer paso para comprender que existe de verdad un problema.

Es por ello que, tras la pequeña tertulia que suscitaban los test, les gastaba una pequeña broma. Les comentaba que buscando información de su instituto me había encontrado con una noticia sobre el centro muy peculiar y que quería que ellos en primera persona me la contasen. La noticia en cuestión era para todos los institutos la misma, y explicaba que el centro se planteaba establecer dos turnos de recreo ante la demanda de los alumnos del bachillerato. Con su correspondiente fotografía y publicada en una de esas múltiples webs de las que se sirven los fakes para generar contenido falso, mal llamadas webs de noticias ‘satíricas’, en apenas cinco minutos tenía mi noticia generada, publicada en la web, con acceso a ser compartida en redes sociales y hasta con declaraciones falsas.

Cuando me planteé esta idea, no tenía muchas esperanzas de que colase el bulo y sin embargo, me parecía que podía dar pie al debate posterior entorno a las fakes news. Quería plantear lo sencillo que podía resultarle a cualquiera generar un bulo para difundirlo. Quería hacerles ver que el periodismo es el único antídoto posible ante la mentira disfrazada de información, que aunque no es un invento milenial tiene ahora una ingente capacidad lesiva gracias a la tecnología.

Para mi sorpresa, no contaba con que realmente se creyeran la broma. Les preguntaba: “Chicos, ¿cómo habéis conseguido que el centro se plantee poner dos recreos? ¿os habéis manifestado? ¿lleváis tiempo reclamándolo?”. En algunas clases se miraban con asombro, se preguntaban entre ellos “pero y esto, ¿cuándo ha pasado?”. Increíblemente, perteneciendo a un instituto al que acudían a diario, sin noticia alguna de esa medida, se lo empezaban a creer, simplemente por verlo publicado.

Se miraban entre ellos, entre la sonrisa y el desconcierto y me interpelaban: “maestra, ¿esto es verdad?”. Miraban a sus profesores en otros casos. Alguno, saltaba inmediatamente “eso es mentira, ¡es una fake news!”. Por supuesto, no todos picaban. Pero parece destacable que ya algunos alumnos me admitiesen que tenían dudas e incluso llegasen a creérselo. “Yo me lo he tragado por ver la foto del instituto y verlo publicado en un medio”. Esto no es más que un claro síntoma de lo sencillo que resulta diseminar el bulo.

Todo el contenido de estos talleres aboga por hacerles más conscientes, más reflexivos, más críticos y capaces. Que entiendan sus derechos y responsabilidades democráticas, que se planteen y debatan. Son nativos de la era de la hipervisualidad, con todo lo que eso implica. Si es cierto que el perfil que tenía en mi mente sobre ellos no era del todo justo porque en esta experiencia me he encontrado con mentes despiertas, receptivas, deseosas de descubrir. Se han generado debates en los que se han confesado víctimas de los bulos, de la dictadura del me gusta en las redes, e incluso se han reconocido en actitudes machistas y perpetuando estereotipos que les han hecho reflexionar.

Necesitan comprender que serán más libres cuanto más informados estén, que ese es su derecho y que sea tan fácil manipularles no es más que una prueba de lo vulnerables que pueden llegar a ser. En las dinámicas que hemos trabajado juntos, les preparé varias noticias para que identificasen cuales eran reales y cuales no y se fomentaba el debate en clase. Ellos, que parecen interesarse poco por los medios pero que son expertos habitantes de las redes sociales, empezaban a debatir con sus compañeros lo peligroso que era compartir sin compasión todo aquello que les llegaba. Y de nuevo, el relativo pudor sano al haber picado en noticias que defendían como ciertas ante los demás.

Escribo estas líneas desde el confinamiento que nos ha llevado la crisis sanitaria que atravesamos actualmente y pienso mucho en ellos ahora, casi un mes después de finalizar mi último taller. Pienso en esas sesiones cada vez que un amigo, un familiar me envía una noticia falsa, circulan audios de supuestos médicos o sanitarios con remedios inverosímiles, mensajes perversos ante la situación que estamos viviendo en la que se nos debería exigir responsabilidad, empatía y solidaridad. Me reafirmo en lo importante de concienciar a los más jóvenes cada vez que recibo mensajes de descrédito a la profesión cuando atravesamos una época que hace evidente su papel fundamental en la sociedad.

Me pregunto si se acordarán de cómo llegaron a creerse que su instituto iba a tener dos recreos sin tener constancia alguna de ello, de cómo en las dinámicas en la que simulamos ser una redacción de periódico algunos realizaban cabeceras de periódico falsas para que sus compañeros las descifrasen porque decían estar preocupados con las noticias falsas. Al finalizar las sesiones, agradecían estos talleres, pedían más tiempo. Incluso en algunos casos, me confesaron sentir el gusanillo o que habían cambiado su imagen de lo que era un periodista y su papel. Ojalá cuando les llegue, que de seguro les llega, todo ese aluvión de imágenes, mensajes, noticias, las ponen en cuestión y ponen en práctica las herramientas aprendidas.

Proyectos así son muy necesarios, ya que las generaciones más jóvenes deben comprender que un periodismo de calidad es garante para una ciudadanía más libre. Y ante unos adolescentes cada vez más ajenos a lo que es un periódico – alguno decía que en su casa nunca había visto ninguno –  que solo conocen lo que les llega a través de Instagram, es muy sano inculcarles dinámicas de higiene informativa que los convierta en personas con espíritu crítico, de ese del que estamos tan necesitados en estos tiempos.

Es cierto que me encontré que sabían más de estefanías y de rubius que de lo que pasa en el mundo  y en parte, la profecía auto cumplida con la que acudí se materializó. Pero también me encontré que a veces, simplemente necesitan ese estímulo para replantearse las cosas, que están ávidos de entender y que es cuestión de encontrar la fórmula y los códigos para conectar con ellos. Y en este sentido, la labor de estos talleres y de los compañeros y compañeras que los desarrollan, resulta imprescindible.

 

 

 

 

 

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