¡Libertad de expresión! ¡Pero sin tener que pensar!

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En un contexto global cada vez más permisivo con los extremismos, con la criminalización al periodismo y a los y las periodistas, con el negacionismo de la violencia de género o el cambio climático, con el racismo o con la desinformación a través de las fakenews, era de esperar que nuestros y nuestras adolescentes terminaran defendiendo esas mismas consignas en el patio del instituto. Finalmente ha pasado, y ya en los centros educativos de Sevilla podemos escuchar a nuestros menores entonando el ‘Cara al Sol’ o gritando vivas a Franco sin el miedo ni la vergüenza que sí sentimos quienes asistimos a este anacrónico y ofensivo despropósito. En mi experiencia desde que imparto los talleres de ‘La Prensa en las escuelas’ pareciera que ha pasado un siglo entre el alumnado que conocí en 2018 y el que atiendo en 2020. Un siglo hacia atrás, que conste.

En esta edición, me ha resultado llamativo que una minoría nada silenciosa haya roto los códigos de conducta mínimamente exigibles para convivir en democracia, que se basan, fundamentalmente, en no enaltecer un régimen dictatorial. Como digo, aunque este tipo de conductas ha sido manifestado por un sector pequeño del alumnado, deviene relevante saber que la arcaica y antidemocrática ideología fascista se está poniendo de moda entre nuestra juventud, que propaga sus valores bajo el pretexto de una supuesta rebeldía. Al comprobar que esta minoría se hacía notar en todas y cada una las sesiones que iba impartiendo en esta edición -y en todos los centros por los que he pasado-, acabé recurriendo en una ocasión al alumnado para preguntarles si esa minoría representaba las inquietudes y los posicionamientos del resto de compañeros/as: “Qué va, profesora, para mí ese pensamiento es como de hace cien años, no todos pensamos así y probablemente ellos tampoco, pero saben que cuando dicen algo a favor del franquismo, el resto reaccionamos enfadándonos por la barbaridad que han dicho, así que lo hacen para provocarnos”, relató una alumna del IES Vicente Aleixandre. Exactamente, pensé, son unos pocos y lo hacen para provocar.

Hubiera podido quedar ahí la cosa, de no ser porque semanas antes, en el IES Miguel Servet asistí a una intervención que resultó insólita. Esencialmente, el taller ‘La Prensa en las escuelas’ es una decidida defensa de la democracia y los pilares que la sustentan, como son la igualdad y la justicia. Todo el curso está orientado a esa idea: la democracia es fundamental en los Estados Modernos, no podemos ni debemos renunciar a ella, y sin un periodismo profesionalmente digno, justo, igualitario, libre y comprometido no hay democracia. Pues bien, en este centro surgió espontáneamente el debate sobre las ideologías y cómo los medios de comunicación las vehiculan a través de sus informativos o programas de entretenimiento. Hablamos, así, de las líneas editoriales como una opción de posicionamiento ideológico de las empresas periodísticasprivadas, una opción que es completamente lícita en un estado democrático que defiende la pluralidad ideológica y la libertad de expresión. “Pero es que hay medios de comunicación a los que se les ve mucho el plumero, maestra. Por ejemplo: en La Sexta no paran de hablar mal de VOX y están siempre hablando bien del‘Coleta’”, protestó un alumno de la primera fila. Quise explicarles que, precisamente, las televisiones públicas son esa garantía de información imparcial que debemos exigir y que por ello es tan importante defenderlas y evitar que las instrumentalicen, pero parece ser que no debí hacerlo correctamente, pues un momento después les pregunté a todos los presentes: “¿Pensáis que sería correcto que un gobierno pudiera cerrar un medio de comunicación cuyo posicionamiento ideológico sea contrario al del partido que está en el poder?”. La respuesta fue unánime: afirmativo. “Pero la libertad de expresión es una condición necesaria de la democracia, ¿no creéis?”, les sugerí para ver si se encendía en ellos y ellas alguna chispa. El alumno de la primera fila volvió a levantar su brazo para añadir una apreciación inesperada que lo cambió todo: “A lo mejor es que la democracia está sobrevalorada, maestra”. Y en ese preciso instante todo dejó de tener sentido: cómo vamos a poder explicarles qué es la igualdad, qué es la justicia, por qué es necesario el periodismo libre e independiente o la importancia de la función social de los medios de comunicación si no creen en el pilar básico de convivencia de nuestro estado, la democracia.

Compañeros y compañeras de distintas ciudades de España me cuentan que esta tendencia es habitual en los centros educativos, que ahora aquellos alumnos y alumnas –pero sobre todo alumnos- que manifiestan cierto interés en la política, se jactan de su ideología de extrema derecha. Definitivamente, moviéndose entre la provocación y la confusión, nuestro alumnado está cada vez más expuesto a las fakenews, que como pude comprobar en el IES San Pablo resulta ser una de sus principales preocupaciones con respecto a la información. Allí, pudimos comprobar la veracidad de las últimas noticias que se habían intercambiado en el grupo de Whatsapp de clase, que, curiosamente, eran todos bulos. Y es que, aunque su entorno natural sea el de las redes sociales, es necesario plantear que deben recibir educación para aprender a navegar por ellas con conocimiento.

Es inevitable acordarse aquí de los maestros George Orwell y Aldous Huxley, cuyas novelas distópicas1984 y Un mundo feliz han sabido reflejar a la perfección el presente de nuestra juventud, hipervigilada en un cibermundo interconectado y anestesiada con el universo inabarcable del entretenimiento. Habitualmente, para invitar a la reflexión y el pensamiento crítico, clausuro los talleres con una de las fantásticas viñetas del maestro Andrés Rábago, El Roto. En ella aparece un individuo con los brazos abiertos exclamando “¡Libertad de expresión! ¡Pero sin tener que pensar!”, lo que genera un intenso debate entre el alumnado, que termina siendo consciente de la necesidad de recapacitar, de empatizar, de escuchar y, después, si eso, de hablar.

Entre otras cuestiones, para esto sirve ‘La prensa en las escuelas’, que a tenor de lo visto es un proyecto de educación mediática más imprescindible que nunca. Fundamentalmente, porque el odio no es una opción política respetable.

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