Freno a las desigualdades educativas

Aprender a interpretar un texto periodístico depende en gran medida...

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Aprender a interpretar un texto periodístico depende en gran medida de cómo aprendes todo lo demás. Un problema matemático, un periodo histórico, un soneto de Góngora. En todos estos casos empleamos el lenguaje: leemos, escuchamos al profesor o expresamos nuestra opinión. Por eso parece obvio que si un alumno se desenvuelve adecuadamente en su lengua materna, encontrará menos dificultades en el estudio de cualquier asignatura. Hace tres ediciones que participo en ‘La Prensa en las escuelas’ y desde entonces vengo observando diferencias entre el alumnado respecto a cómo asimilan los contenidos del taller.

Tanto en la sesión teórica como en la práctica, intento proporcionar al alumnado las herramientas necesarias para que reflexionen sobre diversos acontecimientos ajustados a su nivel; ya sea un suceso local o un conflicto internacional. En ambos casos, oriento en la lectura de los hipertextos que ofrece la red (no se lee igual un libro que un diario digital con informaciones vinculadas), comparando, seleccionando la información y fomentando buenos usos de las redes sociales. Se trata de que los alumnos piensen, creen, compartan y se expresen mediante una serie de actividades orientadas a contribuir, por poco que parezca, en el desarrollo de competencias de estos adolescentes, como se viene insistiendo en las últimas leyes educativas.

Laura Contreras explicando el uso de las nuevas tecnologías como fuente de información.
Laura Contreras explicando el uso de las nuevas tecnologías como fuente de información.

Los grupos de alumnos que mejor se adaptan a esta metodología son aquellos que están acostumbrados a trabajar de esta manera con sus profesores, quienes desempeñan su labor con enfoques comunicativos y en contextos reales. Estos alumnos suelen participar activamente; no son sujetos pasivos en un aula donde solo hable el profesor. Además, poco les sorprende que se use Twitter en una actividad o que se organicen ruedas de prensa en clase, donde por cierto demuestran un buen desarrollo de habilidades sociales (respetan el turno de palabra, se escuchan atentamente unos a otros; esto, en una clase con 30 adolescentes, es todo un logro). Incluso la disposición de las mesas en el aula, agrupadas en lugar de separadas en filas individuales, revierte positivamente en el aprendizaje.

Por otro lado, hay otros grupos de alumnos a los que todo les suena a novedad: el uso de la pizarra digital, el trabajo cooperativo, el debate… El ritmo de la clase avanza más lento, es necesario repetir instrucciones sencillas y la desmotivación se palpa en el ambiente. El entorno es cierto que no ayuda, como apuntan los sociólogos, que consideran que el contexto sociocultural del alumnado es determinante en su progreso educativo. Pero tampoco ayuda que en algunos de los centros públicos visitados se agrupe por niveles de resultados académicos, diferenciando entre la clase bilingüe y las demás. Entre estas últimas es fácil distinguir al grupo denominado por los propios docentes como “el peor”; no porque sean estudiantes conflictivos, sino porque casi todos de alguna manera necesitan refuerzo en el estudio.

Curiosamente, las diferencias que he encontrado en las aulas no están tan motivadas por la desigualdad social, sino por la filosofía educativa de los institutos. Pues, a veces, un entorno menos favorable es visto por algunos centros como un reto para demostrar que, con una metodología innovadora y adaptada a las circunstancias, se puede sacar lo mejor de los alumnos, sean del barrio que sean.

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