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Si hacemos memoria, seguro que se nos viene a la cabeza el nombre de algún docente que nos cambio la perspectiva, que nos descubrió el interés por nuestra afición actual o que sentenció a qué no nos íbamos a dedicar en la vida.

Cuando vuelves a entrar en un aula, esta vez en el lado de la pizarra y la mesa grande, te das cuenta de la importancia de la vocación docente. Cuando el alumnado se sienta expectante ante esa nueva persona que le va a hablar sobre un tema y, sobre todo, le va a transmitir unos valores, eres consciente de la responsabilidad que ello supone. En los talleres solo estamos cuatro horas, por lo que tan solo podemos abrirles los ojos ante todo lo que pueden descubrir; pero el profesorado que está ahí a diario tiene una oportunidad maravillosa para contribuir a crear una ciudadanía respetuosa y libre.

Es habitual en los descansos entre los talleres acudir a tomar café o charlar con el profesorado. En estos momentos entiendes muchos aspectos que han pasado en el aula y comprendes las diferencias entre unos y otros. Cuando ves el entusiasmo que ponen algunos y la desgana con la que hablan otros, entiendes porque un grupo mostró mucho más interés que el otro o simplemente porque unos eran más participativos que otros.

Es cierto que pasamos muy pocas horas en el centro, pero te chirría que los etiqueten en “clases buenas” y “clases malas”. Sin embargo, luego te alegra cuando no se cumplen las expectativas y ves como puedes despertar el interés en aquellos grupos en los que te habían advertido que iba a ser complicado.

El otro día me decía una amiga maestra: “me daría algo si alguien en mi clase estuviera siendo acosado por los compañeros o estuviera sufriendo, y yo no me diera cuenta”. Personas como ellas son las que hacen que pueden decir con orgullo que se dedican a la educación.

 

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