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Ahí estaba yo de nuevo, frente a la fachada del edificio que fue mi segunda casa durante dos años, esta vez desde el otro lado de la barrera. Sin ánimo de parecer presuntuoso, mi paso por el instituto V Centenario de Sevilla fue una balsa de aceite. Además de un inmaculado expediente académico, dejé muchos amigos, un buen puñado de historias y una afectuosa relación con el profesorado, que en más de una ocasión se puso el traje de consejero espiritual de unos chavales con la selectividad en el horizonte y un futuro incierto.

Con la esperanza de revivir alguno de aquellos momentos, de cruzarme con la profesora de inglés o el profesor de historia, que eran los más jóvenes por aquel entonces, y de que ellos se acordaran mínimamente de mí, llegué al instituto. No tuve mucho éxito, puesto que todos se habían jubilado ya, el último el año pasado, precisamente el de historia. El tiempo no pasa en balde. A pesar del disgusto inicial, me di cuenta de que las entrañas del instituto no habían cambiado prácticamente nada: la conserjería estaba a la entrada, la sala de profesores al fondo a la derecha, el aire fresco y revitalizante del patio recorría los pasillos y hasta el color de las barandillas de las escaleras, sujeciones y puertas continuaba siendo el mismo. Ese amarillo chillón característico de “El Quinto”.

Recuperado del primer asalto, subí las escaleras en dirección a uno de los terceros (de la ESO) que me había tocado en gracia y al cruzar la puerta del aula ya no había vuelta atrás, había que dejar a un lado la nostalgia. Así es, veinte años después, estaba pisando una de las clases que habité durante el Bachillerato. Y créanme, no hay mayor satisfacción que enseñar en el mismo lugar que te enseñaron a ti, y además hacerlo sobre una materia que tanto me ocupa y me preocupa como es el periodismo.

Los tiempos no son los mismos, pero ya me hubiera gustado a mí en mi época de estudiante haber recibido sesiones de temas tan interesantes y útiles hoy como las noticias falsas o el sexismo en los medios de comunicación. También es verdad que por aquel entonces la tecnología móvil sólo nos permitía enviar mensajes de texto, Internet iba a pedales y las redes sociales aún no vivían su particular edad dorada. Más bien, los chavales estábamos más pendientes de si las máquinas iban a dejar de funcionar una vez se cruzara el umbral del milenio, como anunciaron algunos agoreros, y de aprendernos bien cuántos euros eran veinte duros.

Ahora, la vida va mucho más deprisa. El periódico, la radio e incluso la televisión han pasado a mejor vida para unos adolescentes que viven pegados al móvil. Bueno, en realidad, todos vivimos pegados al móvil. ¿Y eso es un problema? Depende. Si eres mayor de edad, tienes los años suficientes para hacer con tu ignorancia lo que te dé la gana; pero cuando hablamos de adolescentes, el sistema está obligado a dar una respuesta educativa que contribuya a desarrollar el pensamiento crítico de estas mentes en construcción y a formar ciudadanos que no estén sometidos a la manipulación informativa cada día más descarada y sin miramientos. Con el problema añadido de la viralidad de los medios digitales y las redes sociales. Hoy día, la alfabetización mediática es imprescindible en cualquier ámbito, y más, en una programación de secundaria, si queremos entender y comprender con más claridad el entorno que nos rodea.

Y con esta máxima inicié la clase más especial que he impartido en estos dos años al frente de este proyecto de la Asociación de la Prensa de Sevilla. Siempre dando mi toque personal, no aburriendo a la audiencia con clases magistrales, apostando por la participación y llevando a la práctica estrategias didácticas como el debate o la gamificación con el objetivo de estimular a los alumnos. Intentando aportar mi granito de arena, como bien hicieron aquellos profesores que aún recuerdo con tanto cariño. Encendí el proyector, me familiaricé con la pizarra digital, tomé aire y me presenté: “Buenos días, me llamo Pablo, y voy a daros un taller de periodismo”.

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