Consciencia comunicativa para tiempos contagiosos

Este año en clase han habido dos temas mediáticos que...

270
270

Este año en clase han habido dos temas mediáticos que conocen mejor que ninguno, en todas los grupos salen de un modo u otro al lanzar las preguntas oportunas.Uno guarda relación con la actualidad, el otro, con entretenimiento: en efecto, el primero es el Coronavirus; el segundo, ‘La isla de las tentaciones’.

Yo entonces aprovecho para preguntar: “¿Por qué os gusta ‘La isla de las tentaciones’?”. Algunos sonríen, otros piensan la respuesta, hasta que alguien se decide a decir algo: “Porque tiene muchas tentaciones”. Y todos rompen a reír. Eso es, les digo, tentaciones. “¿Qué son las tentaciones?”, continúo preguntando. Y todos se paran, algo desconcertados.

Les estoy llevando por derroteros que todavía no imaginan, pero pensar es un ejercicio sano y los adolescentes son capaces de practicarlo al convertirlo en desafío. Antes que eso, hemos hablado del fenómeno de las fakenews y de cómo funcionan las redes sociales. Hemos hablado de posverdad, de reflexión, de los discursos del odio que circulan en forma de bulo y nos infectan como un oscuro virus al compartirlo de un móvil a otro, de un amigo a otro o entre familiares. Hemos hablado de alamas, de falsos titulares sensacionalistas que secuestran la voluntad apelando a las ciegas emociones, que nos conducen a sentir miedo y compartir los bulos como eslabones de una cadena que se hace más largaa cada paso, como la sombra del ciprés. Esa cadena tóxica nos atrapa a menos que la rompamos. Para eso, para ofrecerles herramientas con que romperlas, estamos nosotros. Romper esas cadenas conlleva liberar el pensamiento, desatarlo, hacerles conscientes de las complejas dinámicas del mundo de la comunicación.

“¿Qué son las tentaciones?”, les pregunto, y me miran desconcertados. Eso es, las tentaciones son emociones. A ver quién lo adivina: “¿qué tienen en común las redes sociales, una fakenews y el programa de televisión que tanto os gusta?” El debate está asegurado…

La emoción, nos contó Aristóteles hace más de dos milenios (momento de recordar la Ética a Nicómano), la emoción es ciega. Lo corrobora ahora por cierto la Neurociencia, como explica el neurocientífico Francisco Mora en su obra Neuroeducación. La emoción, como sabemos, es algo que nos mueve. Por eso el mundo de la comunicación como negocio compra y vende emociones a un público adicto que espera con ansias su dosis de azúcar, su droga. Con la emoción nos movemos, y dominar ese artificio conduce a dominar las voluntades. El poderoso mundo de la comunicación, sobre todo en lo que respecta al entretenimiento pero no sólo, también en lo relativo a la información, es un enorme dispositivo dominado por emociones: se alimenta de ellas y las produce. Las emociones recorren los programas de televisión—noticieros o magazines— como una potentecorriente eléctrica, circulan por las redes sociales a golpe de “me gusta”, se propagan por los móviles con una simple fakenews, por las pantallas, y de ahí salta a las mentes, hasta recorrer nuestras neuronas y modificar nuestra forma de ver el mundo, de sentirlo y de pensarlo, hasta movernos a actuar de un modo u otro.

Como pasa con el Covid-19, que flota invisible, las emociones son algo que no vemos, y algunas nos infectan. Hasta que un día cualquiera te encuentras en el autobús con alguien que mira mal a los inmigrantes, con alguien que afirma en voz alta con enfado que no es racistas, solo que los inmigrantes se están llevando todas las ayudas, que nosotros estamos primero…

Esa larga cadena tóxica que va desde una fakenews hasta el vecino que se monta en el autobús con gran desprecio hacia los otros es el rastro de otro virus, de miedo y odio, que nos ha infectadoantes que el Covid-19.

Nos ha tocado un siglo dominado por la comunicación, que produce sus propias infecciones. Podríamos alterar el texto del famoso grabado de Goya (“El sueño de la razón produce monstruos”) para adaptarlo a nuestro tiempo, de excesos comunicativos, y ahora decirasí: “El sueño de la comunicación produce monstruos”. Los antídotos para la desinformación, la intoxicación informativa yla infoxicación podemos hallarlos en la educación mediática y en otra herramienta esencial conditio sine quanon: el pensamiento. La razón, con toda la revisión que merece la Modernidad por los excesos del racionalismo, es más necesaria que nunca para desarrollar la consciencia: consciencia comunicativa para un mundo dominado por la comunicación.

Estos momentos oscuros nos están mostrando que a cada hora que pasa se hace más necesario desarrollar consciencia comunicativa para sostener las sociedades democráticas. Por eso pienso que de algún modo estamos contribuyendo, con los talleres de la APS, a que los jóvenes conozcan el complejo mundo de la comunicación y sean capaces de moverse por él con mayor confianza y libertad. La educación mediática es la vacuna para las infecciones comunicativas de nuestro tiempo; la consciencia comunicativa, los anticuerpos.

In this article